29 de noviembre de 2019

DOMINGO 26 DE TIEMPO ORDINARIO

Am 6,1a.4-7: Los disolutos encabezarán la cuerda de cautivos.

Esto dice el Señor todopoderoso: Ay de los que se fían de Sión, confían en el monte de Samaría. Os acostáis en lechos de marfil, tumbados sobre las camas, coméis los carneros del rebaño y las terneras del establo; canturreáis al son del arpa, inventáis, como David, instrumentos musicales, bebéis vinos generosos, os ungís con los mejores perfumes, y no os doléis de los desastres de José. Por eso irán al destierro, a la cabeza de los cautivos. Se acabó la orgía de los disolutos.

Sal 145,7.8-9a.9bc-10: Alaba, alma mía, al Señor.

Él mantiene su fidelidad perpetuamente,
hace justicia a los oprimidos,
da pan a los hambrientos.
El Señor liberta a los cautivos.


El Señor abre los ojos al ciego,
el Señor endereza a los que ya se doblan,
el Señor ama a los justos,
el Señor guarda a los peregrinos.

Sustenta al huérfano y a la viuda
y trastorna el camino de los malvados.
El Señor reina eternamente,
tu Dios, Sión, de edad en edad.

1Tm 6,11-16: Guarda el mandamiento hasta la manifestación del Señor.

Hermano, siervo de Dios: Practica la justicia, la religión, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza. Combate el buen combate de la fe. Conquista la vida eterna a la que fuiste llamado, y de la que hiciste noble profesión ante muchos testigos. Y ahora, en presencia de Dios que da la vida al universo y de Cristo Jesús que dio testimonio ante Poncio Pilato: te insisto en que guardes el Mandamiento sin mancha ni reproche, hasta la venida de Nuestro Señor Jesucristo, que en tiempo oportuno mostrará el bienaventurado y único Soberano, Rey de los reyes y Señor de los señores, el único poseedor de la inmortalidad, que habita en una luz inaccesible a quien ningún hombre ha visto ni puede ver. A él honor e imperio eterno. Amén.

Lc 16,19-31: Recibiste bienes y Lázaro males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces.

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: -Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico, pero nadie se lo daba. Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas. Sucedió que se murió el mendigo y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán. Se murió también el rico y lo enterraron. Y estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abrahán y a Lázaro en su seno, y gritó: -Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas. Pero Abrahán le contestó: -Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida y Lázaro a su vez males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces. Y además entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros. El rico insistió: -Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento. Abrahán le dice: -Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen. El rico contestó: -No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán. Abrahán le dijo: -Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto.

 

Homilía

Las lecturas de hoy, sobre todo la primera y el Evangelio, me han hecho pensar, en la vida de los millones (casi doce millones) de pobres que tenemos en España. La primera lectura, como acabamos de escuchar, habla de los que se pegan “la gran vida”, y se desentienden totalmente de los que sufren. Y el Evangelio, muy conocido para todos nosotros, nos habla de lo mismo: el rico que sólo vivía para celebrar grandes banquetes, y era incapaz de ver al pobre Lázaro que estaba en su misma puerta, cubierto de llagas y muerto de hambre, sin poder alimentarse, ni siquiera con las migajas que caían de la mesa del rico. El egoísmo había dejado ciego al rico. Sólo veía su deseo de pasarlo bien. Os confieso de corazón, que me he visto retratado en aquellos que se pegaban “la gran vida” en Israel, y, sobre todo ha sido el rico “comilón”, quien me ha hecho ver la distancia que hay entre mi vida y la vida de los pobres, a los que quiero de verdad, muchos millones, que tenemos aquí en España. ¡Qué vergüenza tan grande! ¡Y qué injusticia que yo viva tan bien y ellos vivan tan mal! Si ellos viven tan mal es porque yo y otras muchas personas vivimos tan bien. No están sufriendo por casualidad, porque sean menos inteligentes, o porque no hay más remedio. Nada de eso. La causa de su humillación es la injusticia en la distribución de los bienes, y mi comodidad de sentirme tan a gusto y tan bien, viviendo de esta manera. Pero el que me sienta muy cómodo, llevando la vida que llevo, no quiere decir que me sienta muy feliz. No puede haber felicidad en una vida cuando está invadida por el cáncer del egoísmo y la insolidaridad.

Y ¿cómo ve Dios todo esto? Está muy claro. Jesús, desde su nacimiento, escogió ser el más pobre de todos los pobres, vivió ganándose el pan como se lo ganan los pobres, si pueden trabajar. Y, cuando iba a anunciar la Gran Noticia del infinito amor de Dios a la humanidad, en las tentaciones, renunció a la riqueza, a la fama y al poder. Y ya hemos visto claro el mensaje de Jesús en la historia del gran rico: Dios no va a dejar las cosas como están, quiere cambiar radicalmente el orden de este mundo para dispersar a los soberbios de corazón, derribar del trono a los poderosos y enaltecer a los humildes,  a los hambrientos los colmarlos de bienes y a los ricos los despedirlos vacíos, como dijo María en su cántico. Esta será la suerte de todos los que “triunfan”, en este mundo, y será también la nuestra si no salimos de nuestro mundo de fantasía y de mentira, y si no nos acercamos al pobre Lázaro, a la humanidad sufriente, no para ofrecerle limosnas, sino justicia, para vivir la gran fiesta y felicidad del amor y de la solidaridad. Dios no quiere que los inmigrantes, los refugiados, los parados y las naciones pobres se queden fuera de la mesa de la vida y de la dignidad de todo ser humano. Y la solución depende de nosotros.

Precisamente hoy celebramos la Jornada Mundial del Inmigrante y el Refugiado. Hoy, a través de muchos mensajes llenos de odio y de mentira, se está cultivando el miedo a los inmigrantes y los pobres, en general. Los que creemos en Jesús, no sólo no tenemos miedo a los inmigrantes, sino que vemos en ellos la presencia del Señor y sabemos que todo lo que hagamos por ellos, por los pobres y por cualquier persona, lo hacemos por el mismo Jesús. Abramos nuestras puertas y nuestro corazón a todas las personas, especialmente a los más necesitados, para ayudarles a que ellos mismos sean los protagonistas de su vida.

¿Creo que es justa mi vida, cuando se diferencia tanto de la vida de los que no tienen nada?

¿Cómo puedo emprender el camino para acercarme a “Lázaro”, y compartir la vida con él?

¿Dónde está para mí la felicidad, en el tener y  disfrutar, en tener la vida asegurada, o la solidaridad y en el amor, aunque carezca de muchas cosas y llegue a sufrir con los pobres?

 

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